Enero del 2010.- Aún hoy, nueve años después de su retiro, continúa cautivando por su forma cadenciosa de caminar. Es como si hubiera trasladado a la locomoción, de forma permanente, los movimientos acompasados con los que ganó las alturas para rematar, inigualablemente, los balones servidos por sus compañeras. Sin embargo, esta esbelta mujer con piel de ébano es mucho más que una sonrisa límpida y una bella figura. Su nombre, cincelado en cada fatigosa jornada de entrenamiento con constancia equiparable a su talento excepcional, aparece con letras doradas en el universo atlético. Sin ella, por muchas razones, no puede escribirse la historia del voleibol contemporáneo. Orgullosos de tener delante a quien ha puesto tan en alto el nombre de la Patria y como digno homenaje a las madres cubanas, LA CALLE DEL MEDIO acudió en su búsqueda. Mireya Luis Hernández, con la sencillez de siempre y fluidez impresionante, respondió, en exclusiva, cada pregunta. No hay dudas, dialogando, esta «espectacular morena del Caribe» es también una elegida.
¿Cómo te incorporas al deporte de la malla alta? ¿Quién te motivó?
Vivía en una casa de madera en cuyo patio la tendedera era un elemento decorativo constante. Gracias a mi hermana Mirtha aquel simple cordel se convirtió en la net donde realicé mis primeros ataques. Al comprobar que no se trataba de algo efímero, ella, que ya era una jugadora escolar destacada en Camagüey, me llevó a efectuar las pruebas de captación para la EIDE. Tenía diez años y una técnica muy rudimentaria en cuanto al manejo de la bola, pero la motivación no me dejaba sentarme. Llegando los exámenes me percaté que había decenas de pioneras y que yo estaba entre las más pequeñas de estatura. Quizás ese handicap me compulsó a comportarme con cierto desenfado, así que insistí para que me aplicaran la comprobación de rigor. La profesora, sin mirarme, me pidió que saltara. Lo hice y alcancé el techo. Al decírselo no me creyó, pensando que mis manos manchadas con pintura blanca eran una broma para evadir el resto de los controles. Me indicó repetir el ejercicio. No se me olvida su rostro atónito por la saltabilidad que demostré. Rápidamente le gritó a su esposo que me incluyera de primera en la lista. Él, pensando que era una ayuda que le daba a la hermana de Mirtha, le respondió que no era posible por la cantidad de adolescentes altas que estaban en el local. Tuve que, con la alegría de una niña pícara, volver a despegar. Esta vez no quedaron dudas y aquel hombre serio, prácticamente corriendo, le espetó a su mujer: «Cándida, la matriculamos en la escuela ahora mismo».
Todavía, al paso de tres décadas, se habla en predios agramontinos de tus medallas doradas en Juegos Escolares y de aquella incursión, con sólo doce años, en el Campeonato de Primera Categoría. ¿Cómo recuerdas esos años?
Fue una etapa muy linda que me permitió formarme adecuadamente para asumir, con el paso del tiempo, grandes proyectos. Desde mi primera competencia INTER-EIDE en Banes, hasta el nacional de mayores en Guantánamo al que te refieres, sentí que aprendía por día. Mis ganas eran enormes. No me saciaba con las prácticas. Tenía sed de aprender cada secreto de este deporte tan técnico. Poco a poco fui comprendiendo que lo verdaderamente perdurable radicaba en disfrutar la discusión de cada punto. A la cancha sólo podía entrar para divertirme. Con posterioridad gané en madurez y pulí las herramientas que te permiten obtener éxito profesional, pero mantuve intacto el entusiasmo por golpear una esférica. Nunca dejé que la rutina mellara mi trabajo. En ese sentido soy afortunada porque dije adiós con el mismo brillo en los ojos de aquel parcial en Holguín.
En septiembre de 1982 eres llamada a la Selección Nacional. Fue una especie de regalo de quince de los técnicos del Cerro Pelado. ¿De qué forma asumiste esa convocatoria?
Entro al equipo con gran ilusión. Tenía el ánimo por las nubes. Resultó, además, un acontecimiento en mi barrio donde los vecinos no paraban de felicitarme. Ya en La Habana recibí el apoyo de todos. Mamita Pérez, Mercedes Pomares, Imilsis Téllez, Ana María García, Teresita y las demás me acogieron como a la hermana menor. Se respiraba el espíritu de victoria del Mundial del 78. Ese ambiente facilitó que me insertara, sin contratiempos, incluida la docencia en la ESPA.
Creo que de ese período, Caracas 83 y el Mundial Juvenil de Italia en el 85 son dos hitos por tu brillante actuación. ¿Qué representaron para ti?
Los Juegos Panamericanos de Venezuela constituyen, junto a las victorias olímpicas en Barcelona y Sydney, mi mayor alegría. El triunfo, en la final, frente a las estadounidenses 3 x 2 está en mi corazón. Era el primer evento donde me desempeñaba sustituyendo a esa formidable atleta que es Mamita. En Italia, el único torneo juvenil al que asistí, quedamos campeonas de la mano de Eider George. Teníamos una nómina muy sólida con muchachas como Magali Carvajal y Lily Izquierdo. Allí recibí el premio de jugadora más destacada.
Los deportistas en el planeta han escrito páginas imborrables en cuanto a voluntad y esfuerzo para acometer tareas límite a la condición humana. En ese sentido fuiste protagonista de un suceso no repetido, muy hermoso a la vez, cuando asististe al Mundial del 86, en Checoslovaquia, sólo a los dieciocho días de haber nacido tu bebita. Cuéntanos sobre esa historia prácticamente increíble.
Lo sui géneris radicó en que salí rumbo a la gira por la URSS, Estados Unidos y Japón sin saber que estaba embarazada. Solamente al regreso, ya con más de cuatro meses y mediante una placa, me confirmaron ese acontecimiento incomparable. Mi organismo había seguido funcionando en los entrenamientos con la misma intensidad. Cuando la noticia se regó (no para de reírse) vino mi mamá con todo el familión. Imagínate que somos siete varones y dos hembras y yo soy la más chiquita. Fue Chela, la esposa de Eugenio, una mujer especial para nosotras, recientemente fallecida, la primera que me planteó la idea de que viajara con el equipo para brindarle aliento espiritual. Mi mamá, que estaba reacia, al final me convenció de que lo hiciera. En Europa no podía levantar un kilogramo de peso para fortalecer los cuadríceps. Empecé recogiendo pelotas hasta que pedí que me dejaran rematar. Desde que pisé el tabloncillo me emocioné muchísimo porque mis compañeras se pusieron a llorar. Así fue que jugué, ayudando al conjunto a conquistar una medalla de plata de gran valor sentimental.
Has sido ejemplo de cómo superar las lesiones. Operaciones de la rodilla izquierda en el 90 y del acromio al año siguiente, así como otra intervención quirúrgica, la más compleja, por dos hernias discales, seis meses antes de los Juegos Olímpicos del 2000, en la columna, no te doblegaron. Por el contrario, en esa misma etapa, ganaste tres coronas olímpicas, dos campeonatos mundiales, dos Grand Prix y cuanto certamen centro y panamericano se celebró. ¿Qué nos dirías sobre esos éxitos?
Son expresión de cómo fuimos educadas. Ante todo nos sentíamos responsables con el pueblo. No podíamos fallarle al Comandante en Jefe que en todo momento se preocupó por nosotras, aun de detalles insospechados. Nuestro elenco poseía alta maestría deportiva pero, especialmente, funcionábamos como una familia con un fuerte compromiso social. Esa inspiración moral nos hacía sacar el extra. Así ocurrió en Barcelona cuando en semifinales les ganamos el cuarto y quinto tiempo a las americanas, o en Atlanta cuando luego de caer ante Brasil y Rusia, en mi opinión debido al agotamiento psicológico acumulado al ganar más de 64 partidos consecutivos, incluidos los triunfos frente a todos los conjuntos en el Mundial de Brasil en el 94, vencimos a las norteñas en el cruce. La respuesta de mi madre, al escucharme llorando en el teléfono, de que no había parido una hija para verla derrotada en tierras del imperio, fue un resorte que me compulsó a triplicar mi entrega. La resurrección en los tres sets finales ante Rusia en el 2000, no tiene una explicación exclusivamente atlética. Fue, en primerísimo orden, demostración de nuestro compromiso, hasta el final, con el pueblo. Jamás renunciamos a la victoria.
En el Gigante Asiático eres, sin exageración, prácticamente una diosa. Lo mismo 30 mil personas han coreado tu nombre, que te han elegido la mejor voleibolista, lesionada y todo, que se han congregado taxistas para fotografiarte. ¿Cuál es tu relación mágica con los chinos?
Creo que les agradé por mi manera explosiva de atacar. Cada vez que me gritaban Luis, estaba obligada a proporcionarles, con alegría, lo que sé hacer. Lo más importante ha sido apreciar el crecimiento de ese pueblo noble y trabajador. He tenido el privilegio de recorrer toda la nación, observando cómo se han sobrepuesto a las adversidades. He viajado veintisiete veces a ese país en el último cuarto de siglo. Conozco desde los primeros doce plantas de Beijing hasta las obras monumentales construidas para los Juegos Olímpicos. En todas está la huella de una cultura milenaria de grandes méritos.
Mi mayor satisfacción es haber contribuido a estrechar los vínculos entre ambos pueblos. El deporte y la cultura, en ese sentido, son puentes insustituibles.
¿Qué significa Eugenio George?
Padre, educador, ejemplo. Un hombre con preparación y entereza para moldear a una joven y convertirla en una mujer con preparación integral. Nada le era ajeno. Nos enseñó a vestirnos, a caminar, a arreglarnos, a comportarnos en una ceremonia protocolar. Si nos enfermábamos, él y Chela nos trasladaban para su casa. Éramos sus hijas. Siempre se comportaba como un trabajador político. Nos hablaba y escuchaba. Cada acción suya era constructiva. Bastaba que nos mirara para que saliéramos como leonas. Al ser seleccionado el mejor entrenador del siglo, nos sentimos reconfortadas. Fue un acto de justicia y reconocimiento a quien sintetiza los mejores valores del voleibol moderno.
Ahora, un pase elevado a la zona 4: ¿qué significa para ti ser una «Espectacular Morena del Caribe»?
Filosofía de la vida. Conducta más allá de los estadios. Sello que trasciende saques y boleos. Responsabilidad que tenemos las que hoy trabajamos como federativas y entrenadoras con el futuro. Legado que nos corresponde proseguir trasmitiendo a cada nueva generación. En otras palabras, nos sentiremos inexorablemente, por ese calificativo, embajadoras de la Revolución.




